El amor de Leonardo da Vinci por la cuidad de Milán en ocho paradas
Leonardo da Vinci es el artista más buscado en Google y aun así son pocos los que le relacionan con la ciudad de Milán. Aquí pasó su periodo más largo y también más prolífico por lo que su huella se aprecia en toda la ciudad. Aquí llegó a finales del siglo XV buscando nuevas oportunidades laborales, una mayor libertad creativa y un reconocimiento que en Florencia no encontraba. En Milán encontró mecenazgo bajo el Duque Ludovico Sforza, ofreciendo sus servicios no solo como pintor, sino también como ingeniero y escultor. Y de todo ello podemos disfrutar siguiendo esta ruta:
El Caballo de Leonardo
La primera parada está en el hipódromo de San Siro, donde se levanta una de las imágenes más sorprendentes del vínculo entre Leonardo y Milán. El llamado Caballo de Leonardo recuerda el ambicioso monumento ecuestre que Ludovico Sforza encargó al artista en honor a su padre, Francesco Sforza, y que debía convertirse en una de las esculturas de bronce más grandes de su tiempo. Leonardo trabajó durante años en el proyecto, realizó estudios anatómicos, dibujos y un enorme modelo en arcilla, pero la obra nunca llegó a fundirse en bronce. Las guerras, la caída de los Sforza y el destino incierto de la ciudad dejaron aquel sueño inacabado.
Siglos después, la idea volvió a tomar forma gracias a una reinterpretación basada en sus bocetos. La escultura actual, obra de Nina Akamu e inspirada en los estudios de Leonardo, mide más de 7 metros de altura y pesa unas 10 toneladas, por lo que impresiona incluso antes de conocer su historia. Más que una estatua, es el símbolo perfecto de ese Leonardo milanés que no se conformaba con pintar cuadros: imaginaba máquinas, estudiaba el movimiento, calculaba proporciones y soñaba a lo grande.
Castillo Sforzesco
El Castillo Sforzesco no solo es una de las grandes visitas monumentales de Milán, también fue uno de los escenarios clave en la etapa milanesa de Leonardo. Aquí trabajó al servicio de Ludovico Sforza. Entre sus espacios más ligados al artista destaca la Sala delle Asse, decorada por Leonardo y su taller a finales del siglo XV con un espectacular entramado vegetal que convierte la estancia en una especie de pérgola pintada.
Biblioteca Ambrosiana
La Biblioteca Ambrosiana es una de las paradas fundamentales de esta ruta. Aquí se conserva el Códice Atlántico, la mayor colección de escritos y dibujos de Leonardo da Vinci, con páginas dedicadas a máquinas, estudios de anatomía, arquitectura, obra hidráulica, matemáticas, ideas y proyectos para lograr volar, armas o música. Es decir, todo ese universo de ideas que demuestran y definen al verdadero hombre del renacimiento.
La visita permite asomarse a esa mente en movimiento, llena de apuntes, esquemas y proyectos que parecen adelantarse a su tiempo. Además, la Ambrosiana es también pinacoteca, por lo que el recorrido suma obras de grandes maestros y convierte esta parada en una de las más completas de la ruta leonardesca por Milán.
Museo de Ciencia y Tecnología Leonardo da Vinci
Como no podía ser de otra forma, el Museo Nacional de Ciencia y Tecnología que lleva su nombre es la siguiente parada. Instalado en el antiguo monasterio de San Vittore, es uno de los grandes museos científicos de Italia y cuenta con una zona dedicada en exclusiva al genio.
Además, el museo resulta especialmente atractivo para familias y viajeros curiosos, porque combina la parte leonardesca con otros espacios dedicados al transporte, la energía, la comunicación y la exploración tecnológica.
La Última Cena
No hay ruta de Leonardo por Milán que pueda saltarse Santa Maria delle Grazie. En el antiguo refectorio del convento dominico se conserva La Última Cena, una de las obras más famosas de la historia del arte y, probablemente, la gran huella del artista en la ciudad. Leonardo la pintó entre 1495 y 1498 para Ludovico Sforza, y lo hizo directamente sobre la pared, en una escena que capta el instante en que Jesús anuncia que uno de sus discípulos lo traicionará. La visita es breve y con acceso muy controlado, precisamente por la fragilidad de la obra y las condiciones de conservación que exige, pero merece la pena organizarse con antelación.
La Viña de Leonardo
Muy cerca de Santa Maria delle Grazie, donde se conserva La Última Cena, se esconde uno de los lugares más curiosos de la ruta leonardesca por Milán: la Viña de Leonardo. Fue un regalo de Ludovico Sforza al artista en 1498, cuando trabajaba para la corte milanesa, y demuestra hasta qué punto su relación con la ciudad fue más personal de lo que a veces se imagina. De hecho, la viña aparece mencionada en su testamento, donde dejó indicado cómo debía repartirse tras su muerte.
Hoy, este espacio recuperado en el jardín de la Casa degli Atellani permite asomarse a una historia menos conocida, pero muy evocadora, la de un Leonardo que también tuvo en Milán un pequeño refugio propio.
Conca dell’Incoronata
Situada en la Via San Marco, esta antigua esclusa formaba parte del sistema de canales de Milán y permitía salvar el desnivel entre el Naviglio della Martesana y la antigua red interior de los Navigli. Hoy ya no tiene agua ni cumple aquella función, pero conserva el valor de ser uno de los restos que recuerdan la importancia que tuvo la ingeniería hidráulica en la ciudad.
Leonardo estudió y propuso mejoras para hacer más navegables los canales milaneses, y en el Códice Atlántico dejó dibujos relacionados con sistemas de compuertas y esclusas. Por eso, esta parada permite salir por un momento del Leonardo artista para encontrarse con el observador práctico, el que se fijaba en el movimiento del agua, en el transporte de mercancías y en las soluciones técnicas que podían mejorar la vida de una ciudad.
Monumento a Leonardo da Vinci en Piazza della Scala
En plena Piazza della Scala, frente a uno de los teatros de ópera más famosos del mundo, Leonardo aparece convertido en símbolo público de Milán. La última parada no podía ser otra que el monumento realizado por el escultor Pietro Magni e inaugurado en 1872, en el que se representa al artista en actitud pensativa, elevado sobre un pedestal y acompañado por cuatro de sus discípulos: Giovanni Antonio Boltraffio, Marco d’Oggiono, Cesare da Sesto y Salaino.
Además, es perfecta para continuar con otros grandes iconos de la ciudad paseo como la Galleria Vittorio Emanuele II, el Duomo y el Teatro alla Scala y seguir disfrutando de una ciudad tan interesante como lo es Milán.