Un viaje por el interior de Montenegro: naturaleza salvaje, esencia rural y tradición balcánica

El corazón de Montenegro es verde, salvaje y late suave, al ritmo de la naturaleza más pura, del tamborileo de los pájaros carpintero en los troncos de los árboles y del agua que fluye calmada en los arroyos. Alejado de la costa y del fervor turístico que la acompaña, el interior del país se presenta como un edén del slow travel, un oasis de paz donde los paisajes más impresionantes envuelven ciudades históricas y pueblos de esencia rural.

Tras las huellas de la historia en Cetinje

Desde las aguas azules de la bahía de Kotor, una carretera de curvas imposibles asciende en un cerrado zigzag por la ladera del monte Lovćen. Y justo al otro lado de este macizo de los Alpes Dináricos se abre en el verde paisaje una joya cultural: la ciudad de Cetinje. Esta urbe no solo queda a la sombra de las escarpadas montañas alpinas, sino también de la fama de otras localidades montenegrinas más populares y conocidas entre los turistas, como pueden ser Kotor, Perast o Budva. Sin embargo, sus calles, edificios y monumentos nos brindan la oportunidad de adentrarnos de lleno de la larga e intrincada historia de esta pequeña nación balcánica. «Los primeros pasos hacia el Montenego que tenemos hoy en día se dieron aquí», explica Milena Kovačević, guía turística,

El Monasterio de Cetinje es el mejor punto de partida para explorar la que fuera la capital del país hasta 1946. Fundado en 1484 por Iván Crnojević, conserva en su interior valiosas reliquias como la mano de San Juan Bautista, un fragmento de la cruz de Jesús y el cráneo de San Pedro de Cetinje. Justo enfrente del cenobio se alza el Museo Njegos Biljarda, un edificio de 1838 con aspecto de fortaleza, construido para ser la residencia del príncipe-obispo Pedro II. Y al otro lado, la Iglesia de la Corte, un modesto templo levantado en 1890 por el último rey de Montenegro, Nicolás I.

Después de explorar la zona oeste de la ciudad, nos adentramos en su entramado urbano haciendo una parada en el que antaño fue el Palacio Real y a día de hoy se convierte en una auténtica máquina del tiempo bajo el nombre de Museo Rey Nikola. En sus salas podremos ver desde retratos de los reyes hasta muebles originales y colecciones de armas, monedas, banderas y ropa tradicional.

Y tan solo nos quedará seguir paseando por Cetinje entre bonitas casas de colores, parques tranquilos de abundante vegetación y majestuosos edificios que cargan la historia del país sobre sus muros. Aquí la arquitectura nos sorprenderá con antiguas embajadas convertidas en hogares; el Palacio Azul, construido para el príncipe heredero Danilo, hijo de Nicolás I, que ahora es la residencia oficial del presidente, y el monumental edificio Vladin Dom, que pasó de ser el Parlamento del país a acoger el Museo Nacional de Montenegro.

Lagos, bosques y fauna silvestre en Biogradska Gora

A pesar de su reducido tamaño, Montenegro cuenta con cinco parques nacionales que cubren aproximadamente el 10 % de su superficie. Y como las mejores fragancias vienen en frascos pequeños, nos lanzamos a descubrir el Parque Nacional Biogradska Gora, el más pequeño de todos, y «una de las últimas selvas tropicales europeas», detalla Milena.

Aquí el agua salada de la costa adriática se cambia por la dulce de los lagos glaciares, pero las montañas permanecen imperturbables, marcando el pulso de un paisaje escarpado y abrupto. El lago Biograd nos da la bienvenida a este espacio protegido, convirtiéndose en un espejo para las colinas verdes que lo abrazan. Alrededor su perímetro discurre un itinerario que nos permite caminar a la sombra de árboles que superan los 40 metros de altura, cruzar pequeños arroyos sobre puentes de madera y no escuchar más que nuestros pasos haciendo crujir las hojas caídas.

Más de 2.000 tipos de plantas decoran estos paisajes, 70 de las cuales son endémicas de los Balcanes. Se suman 100 especies diferentes de árboles, desde hayas y arces hasta olmos, fresnos y tilos. Mientras que el color lo traen las orquídeas, violetas, lirios, claveles… y las plantas repletas de frutos como los arándanos y frambuesas.

Entre vacas, cultivos y gastronomía local

La mesa se llena cada vez con más platos. Kačamak, una especie de puré de patatas con harina de maíz y queso; njeguški pršut, jamón curado; goulash, guiso de ternera… Un cuenco con sopa caliente y un vaso de yogurt completan el menú, en el que tampoco faltan chupitos de aguardiente, o rakija, parte esencial de la cultura gastronómica montenegrina. Nataša Dulović sirve con esmero todas las elaboraciones mientras pronuncia unas palabras indescifrables para los hispanohablantes. «Ha dicho que todo esto es hecho a mano», traduce Milena.

Nataša, junto a su hija Danijela, regentan Seosko Domaćinstvo Klisura, una casa rural rodeada del paisaje más bucólico que podamos imaginar. Su pequeño restaurante de cocina tradicional y las construcciones que acogen las habitaciones conviven entre vacas, cerdos y gallos, al más puro estilo granjero. Todo ello se rodea de una zona de cultivo y verdes bosques. Y ya a lo lejos, las montañas más imponentes enmarca el paisaje como si fuese una postal.

Pero no hace falta alejarse tanto o nos perderemos lo mejor. De vuelta al primer plano, Nataša prepara metódicamente unas porciones de kolašinski sir casero, un queso en forma de finas hojas. Les añade sal y los enrolla, forjando con sus propias manos pequeños bocados que saben a tradición.