Un paseo por la isla en la que comer las patatas más caras del mundo rodeado de casas blancas y playas idílicas
Dicen que la patata salvó a Europa de morir de hambre, que es un producto básico, que no falta en ninguna cocina y que es uno de los alimentos que los niños comerían a cualquier hora de cualquier día. Pero, dentro de ese saco de patatas no había ninguna de la variedad Bonnotte, la que se cultiva en una pequeña isla de la costa atlántica francesa y que ha llegado a venderse por más de 500 euros el kilo.
Es pequeña, de gran consistencia y con un sabor marcado por el terreno en el que se cultiva, un pequeño paraíso junto al mar. En invierno los terrenos se cubren de algas para aportar nutrientes y matices de sabor, se cosechan a mano y deben consumirse en menos de diez días para que no se pierda ninguna de sus particularidades.
Y las patatas no son lo único con lo que la pequeña isla de Noirmoutier deja sin respiración. Su gastronomía es una suma de pequeñas joyas que juntas ofrecen un conjunto difícil de igualar. Por supuesto no faltan las ostras y los pescados frescos. Y, como era de imaginar, tampoco faltan los restaurantes en los que darse un buen homenaje. El que aparece en todas las listas es La Marine, el restaurante de Alexandre Couillon, reconocido con tres estrellas Michelin. Su cocina está profundamente unida a la isla y a los productos que llegan del mar, de las huertas y de las salinas.
Para los que no suelen reservar con la antelación que un estrellas Michelin requiere o no tienen tanto presupuesto, a su lado está Élise, Poissons & Braise, una alternativa más informal del mismo universo culinario, ya que también es propiedad del afamado chef y de su esposa. Aquí el protagonismo recae en los pescados y mariscos, aunque todo, desde el aperitivo hasta el postre, es una auténtica fantasía.
Belleza concentrada
Ambos están ubicados en L’Herbaudière, el puerto de esta pequeña y encantadora isla, uno de los lugares más animados y el punto ideal para comenzar una ruta. Eso sí, en bicicleta, ya que en Noirmoutier es el medio de transporte más utilizado y recomendado. Ideal para una isla de poco más de 40 kilómetros cuadrados, 90 kilómetros de carril bici y prácticamente llana. Las distancias son cortas y los caminos permiten pasar del puerto a las playas, de los pueblos a los pinares y de las salinas a los campos de cultivo en pocas pedaladas. Paisajes que cambian rápidamente y que enamoran todos por igual.
En el recorrido aparece pronto la imagen más reconocible de la isla: casas bajas encaladas, contraventanas siempre en tonos azules o verdes, fachadas cubiertas de rosas y malvarrosas y bicicletas apoyadas junto a las puertas, siempre listas.
Palacetes escondidos en el bosque
Entre finales del siglo XIX y comienzos del XX, las primeras familias acomodadas que eligieron Noirmoutier como lugar de veraneo comenzaron a construir sus residencias entre los pinos, las encinas y las mimosas del Bois de la Chaise. Uno de los lugares en los que perderse con la bici es una auténtica delicia.
Escondidos entre el bosque se construyeron más de 90 palacetes, pero no existe un único estilo arquitectónico. Cada propietario diseñó la casa a su gusto y utilizó la fachada, las torres, las terrazas o los jardines para dejar clara su personalidad, pero también su posición social. El resultado es una colección de villas muy diferentes entre sí, algunas discretas y otras decididamente extravagantes, que aparecen y desaparecen entre la vegetación.
Estas casas, además, cuentan con la ventaja de estar junto a la que está considerada una de las playas más bonitas de la isla, la Plage des Dames. Arena clara, un embarcadero de madera que se adentra en el mar, casetas blancas alineadas junto a la playa y un bosque que llega prácticamente hasta la orilla.
Salinas bajo la luz del atardecer
Las salinas cubren aproximadamente un tercio de la isla y siguen formando parte de su vida cotidiana. Los salineros continúan recogiendo sal gruesa y flor de sal mediante métodos tradicionales, aprovechando el sol, el viento y el movimiento controlado del agua entre los estanques.
Al caer la tarde, este paisaje geométrico adquiere una luz especial. El cielo se refleja sobre las balsas, los montones blancos de sal destacan junto a los caminos y las aves sobrevuelan un territorio que parece completamente distinto al de las playas y los pinares.
La magia de llegar a Noirmoutier
Noirmoutier es una isla, pero permanece comunicada con el continente por dos accesos. El más cómodo es un puente moderno que puede cruzarse en cualquier momento. El otro es mucho más singular y, puede decirse, más estresante. El Passage du Gois es una antigua calzada de algo más de cuatro kilómetros que queda completamente cubierta por el agua durante la pleamar. Solo puede atravesarse cuando la marea baja, algo que ocurre dos veces al día.
Ver cómo el mar va recuperando el camino en cuestión de minutos es uno de los grandes espectáculos de Noirmoutier. Siempre que estés ya en uno de los lados.