La ciudad italiana que nadie espera y que lo tiene todo para una escapada perfecta

A los pies de los Alpes, Turín tiene el encanto de esa belleza discreta y elegante que tan bien sabe conservar y de esos tesoros que hay que buscar. Aquí el premio no está a la vista de todos, hay que entrar en sus palacios, levantar la mirada bajo sus soportales, detenerse en sus cafés históricos y dejar que la ciudad vaya enseñando poco a poco todo lo que guarda, que es muchísimo.

Nombres propios

Recorrer las calles de Turín es adentrarse en una de las épocas más fascinantes de la historia italiana y una de las familias más influyentes, los Saboya. Fueron ellos los que, por cumplir su deseo de ser reyes, la transformaron en la joya barroca que es hoy y convirtieron a Turín en la capital de Italia. Fueron solo cuatro años, pero el legado que dejaron sigue siendo hoy apabullante.

Los Saboya se encargaron de la parte política mientras que la artística recayó, fundamentalmente, en dos arquitectos: Guarino Guarini y Filippo Juvarra. Dos nombres de referencia en el barroco piamontés y que se repiten constantemente entre los grandes monumentos de la ciudad.

Un palacio muy real

A la Casa Real de Saboya siempre le gustó mostrar su poder a través de sus palacios para que lo que contaba con los mejores arquitectos y artistas de su época. Así, el legado que dejaron en Turín es enorme y muchos de estos palacios están dentro de la lista de la Unesco. En cualquier visita no puede faltar el Palacio Real de Turín. Tras una fachada sobria que incluso puede pasar desapercibida se esconde uno de los palacios más elegantes, suntuosos, lujosos y recargados del mundo.

Una sucesión de salas, a cuál más espectacular, que van a dejar claro cómo los Saboya sabían cómo impresionar. Desde la escalera de acceso hasta el salón del trono pasando por la armería o el gabinete chino hasta llegar a uno de los rincones más fascinantes del palacio, la capilla de la Sábana Santa, obra con la que Guarino Guarini unió el Palacio Real con la Catedral de San Juan para que la familia real tuviese un acceso directo. Hoy, por motivos de seguridad, la Sábana Santa ya no está aquí, pero la belleza y el simbolismo de esta capilla sobrecoge por igual.

Dentro y fuera de la ciudad

El sello de los Saboya no solo se aprecia en el centro y para muestra dos visitas que no pueden faltar. La primera la Villa de la Reina, un coqueto palacio con unos jardines y juegos de agua enamoran a primera vista y cuyo interior es el triunfo del trampantojo. Salones en los que no sabes a dónde mirar primero y cuyos techos se pueden convertir en una obsesión.

El otro imprescindible está un poco más lejos del centro, pero bien comunicado gracias a un tren histórico que sube hasta la colina de Superga, nombre que da a la espectacular basílica que allí levantó Victorio Amadeo II para cumplir la promesa que hizo justo antes de ganar la batalla que le proclamó rey. Obra de Filippo Juvarra, esta impresionante cúpula se ve desde cualquier punto de la ciudad y, bajo ella, descansa el panteón real de los Saboya.

Más allá de los Saboya

La familia más importante de Turín construyó palacios, iglesias e incluso un paseo porticado de más de 22 kilómetros por el que pasear los días de lluvia sin que esta te moleste. Pero Turín no solo vive de los Saboya (ni de la Fiat). Aquí se abrió el primer museo egipcio del mundo. Fue en 1824 y nunca ha dejado de ampliarse, renovarse y trabajar para mostrar todo su valor. Hoy se puede realizar un recorrido por 4000 años de historia, asombrarse con la perfección de Ramesses II, admirar la conservación de papiros y otros objetos cotidianos y pasear entre estatuas y esfinges.

Con mucho sabor

Como en toda Italia, en Turín la gastronomía tiene un peso muy importante. Tras largas visitas, sus cafés históricos, que conservan ese aire elegante de otra época, invitan a sentarse y disfrutar de uno de sus grandes caprichos: la gianduia, esa mezcla de cacao y avellanas que dio lugar al famoso gianduiotto y que hoy, fuera de la ciudad y en clave industrial, conocemos como Nutella.

Y si la tarde pide algo menos dulce, aparece el vermú, que en Turín no es una moda reciente sino parte de su historia. Aquí nació, eso sí, como la receta de un médico que estaba seguro de que era la cura para muchos males. Y no estaba muy desencaminado.