El museo egipcio más antiguo del mundo no está en El Cairo y puedes visitarlo sin salir de Europa
La apertura del Gran Museo Egipcio, junto a las pirámides de Guiza, ha vuelto a despertar esa fascinación que el Antiguo Egipto provoca incluso en quienes no se consideran especialmente aficionados a la arqueología. Momias, sarcófagos, jeroglíficos, templos, faraones y tesoros milenarios tienen algo difícil de explicar, pero muy fácil de reconocer: nos atrapan.
El problema es que no todos los viajes soñados llegan en el momento adecuado. Egipto sigue ocupando un lugar privilegiado en la lista de destinos pendientes, pero la distancia, el precio o la situación geopolítica de determinadas zonas pueden hacer que más de uno prefiera dejarlo para más adelante. La sorpresa es que una de las mejores formas de acercarse a esta civilización no exige salir de Europa, basta con desplazarse al norte de Italia.
Una gran sorpresa
Cuando se piensa en Turín, lo primero que suele venir a la cabeza no son precisamente los faraones. La ciudad italiana se asocia antes con la industria del automóvil, el chocolate, el vermú, los soportales elegantes o ese aire señorial que recuerda que fue la primera capital de Italia. Sin embargo, entre sus grandes tesoros culturales hay uno que todavía sorprende a muchos viajeros: el Museo Egipcio.
Fundado en 1824, está considerado el museo más antiguo del mundo dedicado a la civilización egipcia. Y no hablamos de una colección pequeña ni de una curiosidad escondida en una sala secundaria. El Museo Egipcio de Turín reúne una de las colecciones egipcias más importantes del planeta y convierte a la ciudad en una parada imprescindible para quienes sienten curiosidad por el Antiguo Egipto.
Además, doscientos años después de su apertura, el museo sigue creciendo, innovando y con ganas de sorprender. Coincidiendo con su bicentenario, el Museo Egipcio ha afrontado una importante renovación para abrirse más a la ciudad y actualizar algunas de sus salas más emblemáticas.
Entre faraones y momias
La visita permite recorrer cuatro mil años de historia a través de estatuas, sarcófagos, papiros, objetos funerarios, momias, joyas y piezas que ayudan a entender cómo vivían, cómo creían y cómo se preparaban para la muerte los antiguos egipcios. La pieza más antigua data del 3500 a. C., mientras que la más moderna es del 700 d. C. Entre las más destacadas figura la estatua del rey Ramsés II, procedente del templo de Amón en Karnak, una de las obras que mejor permite apreciar el nivel de detalle de la escultura egipcia.
¿Por qué en Turín?
Es inevitable preguntarse qué hace una colección egipcia de semejante nivel en el norte de Italia, y la respuesta tiene que ver con el gran interés que existía en Europa por Egipto en el siglo XIX. Muchos países impulsaron expediciones arqueológicas, compraron colecciones y trasladaron a Europa parte de ese patrimonio, en una práctica que hoy se observa desde una mirada mucho más crítica.
En Turín, el peso de la Casa de Saboya tuvo mucho que ver a la hora de reunir un fondo excepcional y convertirlo en un museo especializado mucho antes de que otros grandes espacios europeos dedicaran tanta atención a esta civilización. En aquella época vivía en Egipto el cónsul Bernardino Drovetti, un gran coleccionista de antigüedades egipcias. Con los años, su colección fue adquirida por la Casa de Saboya y se convirtió en una de las bases del museo turinés.
Y hay más
Atraídos por el arte egipcio, merece la pena aprovechar el viaje para descubrir una de las ciudades italianas más fascinantes y menos previsibles. Turín cuenta con plazas monumentales, palacios con una decoración apabullante, soportales infinitos que recuerdan su pasado como capital del reino y cafés históricos y elegantes en los que sentirse parte de aquella refinada corte.
La Mole Antonelliana, convertida en símbolo de la ciudad, permite además visitar el Museo Nacional del Cine y asomarse a una de las siluetas más reconocibles del norte de Italia. También merece la pena caminar por la Piazza Castello, acercarse al Palacio Real, recorrer Via Roma, subir hasta la abadía de Superga y, cómo no, disfrutar del vermú en una de sus terrazas.