El destino perfecto para quienes quieren playa, pero no pasar todo el día tumbado en la arena

Tumbarse en la playa y perder el tiempo es uno de los grandes clásicos del verano y, después de meses volcados en el trabajo, las obligaciones y las prisas, casi una necesidad. Pero introducir un poco de acción en las vacaciones no solo hace que volvamos con la sensación de haber aprovechado mejor los días, sino también con un buen puñado de experiencias y recuerdos en la mochila.

Eso sí, para que abandonar la toalla durante unas horas no parezca un sacrificio, hace falta encontrar un destino que lo ponga fácil. Uno en el que el mar siga siempre cerca, pero en el que alrededor haya suficientes planes como para que cada día sea distinto. Y Llanes, en la costa asturiana, encaja perfectamente en esa idea.

Con más de treinta playas repartidas por su concejo, el pueblo de Llanes podría vivir perfectamente de sus arenales. Y es que, por muy largas que sean las vacaciones, siempre habría una nueva para descubrir. Pero parte de su encanto también está en lo que hay alrededor de esas playas, que es, precisamente, lo que lo convierte en un destino más interesante y apetecible. Su casco histórico, declarado Conjunto Histórico-Artístico, conserva calles empedradas, casonas, palacios y restos de la antigua muralla, mientras que el puerto mantiene ese aire marinero que tanto gusta a cualquier hora del día.

Cerca del puerto aparece uno de los puntos más fotografiados de Llanes, los famosos Cubos de la Memoria, la obra de Agustín Ibarrola que convirtió los bloques de hormigón del espigón en una de las imágenes más reconocibles de la localidad.

Espectáculo gratis

Una de las excursiones que justifican abandonar la toalla lleva hasta los bufones, uno de los fenómenos naturales más curiosos de esta parte de Asturias. Son grietas y conductos abiertos en la roca caliza por los que el agua y el aire salen disparados cuando el mar golpea con fuerza contra los acantilados. Cuando coinciden marea alta y fuerte oleaje, el sonido del agua bajo tierra y las columnas que aparecen entre las rocas y que pueden subir varios metros convierten la visita en uno de los momentos más especiales y recordados.

Los de Pría son los más conocidos y, aunque el espectáculo no está siempre garantizado, el paseo hasta ellos ya merece la pena por el paisaje.

Junto al mar

Quienes quieran sumar algo de ejercicio tienen una opción perfecta en la Senda Costera, un recorrido de unos 65 kilómetros que atraviesa prácticamente todo el litoral de Llanes. No hace falta, por supuesto, completarlo entero ni hacerlo en una sentada. Para eso está dividido en varios tramos, lo que permite elegir pequeñas rutas de unas horas enlazando playas, acantilados y pueblos.

Uno de los recorridos más apetecibles parte del propio Llanes y llega hasta Celorio, pasando por la playa de Poo y avanzando siempre muy cerca del Cantábrico. Por el camino aparecen islotes, prados que casi se asoman al mar y arenales en los que merece la pena interrumpir la caminata para darse un baño.

Y quien quiera continuar puede seguir desde Celorio hacia San Antolín, enlazando playas como Palombina, Borizu o Barro, donde siempre se puede parar y volver a la toalla.

Tierra adentro

Aunque cueste darle la espalda al Cantábrico, basta con avanzar unos kilómetros hacia el interior para comprobar que el paisaje cambia muy deprisa, eso sí, sin perder un ápice su encanto. Una buena opción es acercarse al valle de Ardisana y recorrer el Camín Encantáu, una ruta circular de unos nueve kilómetros que atraviesa bosques, prados y pequeños pueblos.

El paseo tiene además un aliciente extra: por el camino aparecen tallas de madera dedicadas a algunos de los personajes más conocidos de la mitología asturiana, como xanas, trasgos, cuélebres o el Nuberu. Una forma bastante original de cambiar la arena por las botas durante unas horas y descubrir una versión de la costa asturiana.

El premio después de tanto movimiento

Tanta acción termina abriendo el apetito y, en Asturias, tener hambre es casi una suerte. En Llanes es fácil sentarse a la mesa y encontrar pescado del Cantábrico fresco, marisco, la clásica fabada o el cachopo tan de moda, así como una buena tabla de quesos con variedades tan ligadas a esta parte de la región como el Gamonéu o el Cabrales. Y, por supuesto, que no falte la sidra. El final perfecto para una escapada llena de momentos inolvidables.