Dormir en un faro, bañarse en calas escondidas y cenar pescado frente al mar: el plan perfecto existe en Galicia

Las Rías Baixas tienen fama de regalar algunos de los días más agradables del verano gallego, con más días de sol y temperaturas que pocos asocian al norte del país. Y, en esa zona privilegiada, Baiona es uno de sus grandes clásicos. Su bahía, el puerto, las playas, el casco histórico y la península de Monterreal consiguen que sea fácil llenar la jornada sin alejarse demasiado. Pero basta con recorrer unos kilómetros por la costa para descubrir que esta zona guarda también lugares mucho menos esperados.

Uno de ellos aparece sobre los acantilados de Cabo Silleiro. Allí, frente al Atlántico y con las Cíes dibujándose en el horizonte en los días despejados, un antiguo faro se ha convertido en uno de los alojamientos más originales de Galicia. Si los faros siempre tienen algo de encanto y un punto evocador, convertido en un hotel pasa a ser una fantasía de las que no hay que dejar escapar.

Nueva vida

El Faro Silleiro continúa iluminando las noches de la ría de Vigo, aunque parte de sus instalaciones tienen ahora una función bastante distinta. Una profunda rehabilitación ha permitido convertir el edificio en el que llegaron a vivir hasta cuatro familias de fareros, encargadas de mantener en funcionamiento una luz imprescindible para los barcos que se acercaban a esta parte de la costa, en un pequeño hotel boutique de 17 habitaciones sin borrar del todo las huellas de su pasado.

El interior juega precisamente con esa historia marinera. El azul del océano y el característico rojo del faro aparecen en la decoración, mientras que espacios como el Salón Nautilus o la biblioteca Tinta Negra terminan de recordar que este no es un hotel cualquiera y que su personalidad emerge de cada rincón. Y para completar la experiencia, el antiguo faro alberga ahora la Taberna Atlántica, perfecta para degustar platos de la zona a cualquier hora del día.

Un paseo con historia

Después de desayunar frente al Atlántico, toca acercarse a Baiona, una de las villas marineras más bonitas de las Rías Baixas. Su casco histórico conserva calles estrechas, soportales, casas de piedra y pequeñas plazas que desembocan una y otra vez en el mar, mientras que el puerto recuerda que aquí la relación con el Atlántico no es solo decorativa ya que sigue siendo un lugar destacado en la vida de locales y visitantes.

Uno de los paseos imprescindibles rodea la península de Monterreal, coronada por la fortaleza que durante siglos protegió la entrada a la bahía. Desde sus murallas se abren vistas sobre el puerto, las playas y las islas Cíes, y a sus pies se suceden pequeñas calas y tramos de costa en los que es fácil alargar el paseo todo lo que se quiera.

Baiona tiene además un lugar importante en la historia de los viajes: en 1493 llegó aquí la carabela Pinta con la noticia del descubrimiento de América. Una réplica de la embarcación recuerda hoy aquel episodio junto al puerto y añade una parada más a una mañana que combina mar, historia y mucho ambiente.

Una tarde a remojo

A Baiona no le faltan excelentes playas en las que extender la toalla, como A Barbeira o Santa Marta, pero si se continúa bordeando la costa aparecen rincones mucho más tranquilos. Uno de ellos es Portocelo, una pequeña cala de Monteferro, ya en Nigrán, rodeada de roca y vegetación. Su tamaño reducido y su ubicación algo más apartada le dan ese punto de intimidad que cuesta encontrar en los grandes arenales, con un paisaje precioso como compañía.

No es un gran arenal ni falta que le hace. Recogida, agua clara y un entorno mucho más recogido hacen que sea perfecta para pasar unas horas de tranquilidad, darse un baño y dejar que la tarde avance.

Terminar alrededor de una buena mesa

Todo el mundo sabe que un día de playa da hambre y, en esta parte de Galicia, eso es casi una ventaja. Tanto Baiona, con más ambiente y restaurantes cuidados frente al puerto, como Panxón, de aire más familiar y marinero, son buenos lugares para terminar la jornada alrededor de una mesa.

Aquí mandan los productos del Atlántico: pescados del día, pulpo, zamburiñas, mariscos, empanadas y, cuando toca, percebes. Todo ello acompañado, si apetece, por una copa de albariño de las Rías Baixas. Después de faros, paseos y baño, difícil imaginar un final mejor. Un brindis mirando al mar y a pensar en el siguiente día.