Cinco pueblos franceses que derrochan encanto a pocos kilómetros de la frontera

Sus contraventanas de colores, los cruasanes, lo cuidados que están sus pueblos y su idioma, no siempre fácil de entender, pero que suena tan bien, son algunos de los motivos por los que gusta tanto cruzar la frontera norte. Francia es un país repleto de encanto, con pueblos preciosos de norte a sur y de este a oeste, algunos nos pillan a miles de kilómetros, pero otros a pocos minutos de la frontera. Ideales para un capricho rápido si vives por esa zona. Un plan exprés ideal para quitarte el mono de lugar extranjero y llevarte una baguette para cenar en casa. Estos son cinco de los muchos que jalonan nuestra frontera:

Colliure

A una hora de Girona, a este pequeño pueblo no le falta de nada. Su coqueto puerto lleno de color, el castillo que domina la bahía y una buena colección de hoteles con encanto lo convierten en un destino ideal para una escapada en la que arte, historia y gastronomía se dan la mano.

Muchos conocen Colliure por albergar la tumba de Antonio Machado y por haber sido refugio de tantos españoles que huyeron durante la Guerra Civil. Otros lo identifican con el nacimiento del fauvismo, la corriente pictórica que convirtió el color en protagonista y tuvo en Henri Matisse a uno de sus grandes nombres. Y es que, pese a su tamaño, este rincón del sur de Francia concentra muchas historias. Tantas, que quizá una sola noche se quede corta para descubrirlas con calma.

Céret

Ser menos conocido que otros destinos cercanos le ayuda a jugar con el factor sorpresa. Un lugar tranquilo en el que disfrutar de un agradable paseo mientras te empapas de su legado artístico, algo que muchos visitantes ni se esperan.

Por aquí pasaron nombres como Picasso, Matisse o Chagall, atraídos por la luz, el paisaje y la calma del entorno. Esa huella sigue muy presente en el pueblo, que presume de museo de arte moderno y de una personalidad muy ligada a la creación por ser fuente de inspiración. Su cercanía con la frontera y ese ambiente entre francés y catalán se aprecia en su carácter y en su gastronomía.

Saint-Lary-Soulan

A medida que dejamos atrás el Mediterráneo, el Pirineo se impone y el paisaje cambia de registro. Entre los picos más altos, su nombre suele ir ligado a la nieve, pero no hace falta esperar al invierno para disfrutarlo. Ahora que la nieve desaparece, el paisaje se llena de color y las rutas de senderismo te acercan a los paisajes más espectaculares. Lagos, cascadas y miradores en los que asomarse y sentirse un privilegiado entre tanta belleza.

De vuelta al pueblo, Saint-Lary-Soulan, espera con sus tradicionales casas de piedra y balcones de madera que en breve estarán repletos de flores. Además, Saint-Lary se encuentra en la red de chemins de Saint-Jacques de Compostelle cuyo recorrido llega hasta España y está repleto de pequeñas joyas relacionadas con esta importante ruta peregrina.

Saint-Jean-Pied-de-Port

Frontera con Navarra, este es uno de los puntos más destacados del Camino de Santiago francés, la última parada antes de entrar en nuestro país y llegar a Roncesvalles. Su carácter fronterizo sigue intacto a pesar del paso de los siglos, ya que su casco histórico sigue resguardado por la muralla.

Una vez se atraviesa una de esas puertas, el ambiente seguro que es muy similar al que se podría encontrar en plena Edad Media, con peregrinos en cualquier lugar y un gran comercio en sus calles principales (aunque hoy solo vendan souvenirs).

Espelette

Antes de llegar al Atlántico falta una última parada en uno de los pueblos más reconocibles del País Vasco francés. Espelette ha sabido convertir en seña de identidad algo tan sencillo como un pimiento, que aquí cuelga de muchas fachadas y pone el toque de color a sus casas blancas con contraventanas rojas.

Pero no todo gira en torno a su producto más famoso. Su castillo, su iglesia, sus calles cuidadas y ese aire elegante, tan propio de esta zona, lo convierten en una parada que va mucho más allá de la foto en blanco y rojo.