Una escapada llena de tradición y sabor a la capital navarra
En los últimos días se ha hablado de pelota vasca más de lo habitual y, además, por una buena noticia. España se ha proclamado campeona del mundo de este deporte, un triunfo en el que los pelotaris navarros han tenido un papel destacado. Porque, aunque lleve el apellido vasco en su nombre, la pelota tiene también profundas raíces en Navarra, donde es mucho más que una disciplina deportiva. Es una tradición que ha pasado de generación en generación y que forma parte de la identidad de sus pueblos y ciudades.
Y si hay un lugar donde esa pasión se hace especialmente evidente es Pamplona. La capital navarra, que se presenta como capital mundial de la pelota, lleva siglos estrechamente vinculada a este juego. Tanto es así que existen referencias escritas de su práctica desde 1331, cuando reyes, nobles, clérigos y vecinos compartían una afición que llenaba calles, plazas y otros espacios públicos. Una tradición tan arraigada que ha sobrevivido al paso de los siglos y que hoy se ha convertido también en una original manera de descubrir la ciudad.
Más que un deporte
Hoy, la ciudad conserva numerosos lugares vinculados a esa historia. Uno de los más emblemáticos es el Frontón Labrit, conocido como La Bombonera, un auténtico templo de la pelota inaugurado en 1952. Pero también merece la pena descubrir otros espacios menos conocidos, como el Jito Alai, junto a las murallas, o el frontón de La Mañueta, construido en 1913 y famoso por los curiosos desafíos que se celebraban en él. En algunos, los jugadores que partían con ventaja tenían que aceptar dificultades añadidas, como jugar con una sola mano o girar sobre sí mismos antes de golpear la pelota.
Y todavía hay otra forma de conocer este universo: descubrir cómo se fabrican las pelotas. Detrás de cada una hay un minucioso trabajo artesanal en el que se combinan distintos materiales, como cuero, lana y goma. Una labor que explica por qué no hay dos pelotas exactamente iguales y por qué los jugadores dedican tanto tiempo a elegir las que utilizarán en cada partido.
Lo fascinante es que no hace falta ser aficionado a este deporte para acercarse a su historia. Pamplona ha convertido esta tradición en una experiencia turística con rutas guiadas por los lugares más emblemáticos, exhibiciones y la posibilidad de conocer algunas de sus modalidades.
La otra gran tradición
Y de una tradición profundamente arraigada pasamos a otra que resulta mucho más difícil resistir: la de disfrutar de la buena mesa. Porque en Pamplona la gastronomía es casi una forma de vida y una parte imprescindible de cualquier escapada. La riqueza de la huerta navarra, sus carnes, sus vinos y, por supuesto, sus famosos pintxos convierten la ciudad en un destino que también se descubre a través del paladar.
Una de las mejores formas de saborear Pamplona es recorrer las calles del casco antiguo, especialmente San Nicolás, donde las barras de los bares se llenan de pequeñas tentaciones. Desde los fritos más tradicionales hasta elaboraciones que reinventan los productos de la tierra, lo complicado es decidir por dónde empezar. Y si la visita coincide con un jueves, merece la pena sumarse al Juevintxo, una costumbre que invita a ir de bar en bar disfrutando de pintxos acompañados de una bebida.
Pero la gastronomía pamplonesa va mucho más allá del picoteo. También hay que reservar tiempo para sentarse a la mesa y disfrutar de la cocina navarra, con sus verduras de temporada, sus carnes a la brasa y recetas que llevan generaciones formando parte de su recetario.