Islas griegas que todavía no están masificadas

Grecia lleva años ocupando un lugar privilegiado en la lista de vacaciones soñadas. Todos queremos ir a una de sus islas, porque representan esa imagen casi perfecta del paraíso. El color de sus aguas, sus pueblos blancos con el detalle de color justo para parecer un cuadro, sus atardeceres de película y una buena dosis de historia mezclada con mitología logran entretener incluso a quienes se resisten a cambiar la toalla por una visita cultural. Y, además, tienen una gastronomía estupenda. ¿Se puede pedir algo más? Sí, que no esté saturado y que tenga precios razonables.

Y ese es uno de sus principales problemas, que algunas de sus islas más conocidas han muerto de éxito. Mykonos y Santorini siguen siendo espectaculares, de eso no hay duda, pero también se han convertido en destinos donde encontrar tranquilidad en temporada alta puede ser complicado como conseguir una mesa sin reservar.

La buena noticia es que Grecia no se acaba en sus nombres más famosos. El país cuenta con miles de islas e islotes, y muchas de ellas conservan todavía ese ritmo lento que uno imagina en una escapada por el Egeo o el Jónico. Lugares con playas limpias, puertos pequeños, senderos junto al mar y pueblos donde el verano se vive tal y como imaginas cuando miras una postal. Y estos son tres buenos ejemplos:

Ítaca, el hogar al que Ulises siempre quiso volver

Pocas islas pueden presumir de una carta de presentación tan potente. Según la Odisea, aquí estaba el hogar de Ulises, el héroe intentó volver durante años después de la guerra de Troya. Eso sí, esta isla del mar Jónico no vive solo del mito.

Ítaca es montañosa, verde y mucho más tranquila que otras islas griegas que acaparan titulares cada verano. Su capital, Vathy, es una buena base para empezar a conocerla. Desde allí se puede recorrer la isla entre pueblos pequeños, miradores, senderos y playas como Filiatro, Sarakiniko o Gidaki, una de las más bonitas y fotogénicas. No faltan rincones vinculados a la leyenda de Ulises, pero lo mejor de Ítaca es que no necesita convertirlo todo en parque temático y, a pesar de su relativa fama, todavía conserva ese aire sereno que enamora a todo el que la conoce.

Astypalea, la isla con forma de mariposa

Según la mitología griega, Astypalea, hermana de Europa, fue seducida por Poseidón, que en su caso adoptó la forma de un animal marino. En honor a esta ninfa, recibió su nombre situada entre las Cícladas y el Dodecaneso. Con casas blancas, molinos y playas idílicas como otras tantas vecinas, Astypalea podría pasar por una isla más, pero hay algo que la hace única, un castillo veneciano en su parte más alta. Construido en el siglo XIII por la familia veneciana Querini, hoy sus restos contrastan con el blanco de las casas que lo rodean. En el recinto del castillo quedan vestigios de la antigua acrópolis y de un antiguo templo, dos iglesias blancas que resaltan entre las murallas de piedra: la de Agios Georgios (1790) y la de Evangelismos.

También destaca el monasterio de Panagia Portaítisa con su iglesia del siglo XVIII, considerada una de las más bellas de Grecia por su hermoso iconostasio decorado con láminas de oro. Su curiosa forma de mariposa hace que la isla se divida en dos partes: Exo Nisi y Mesa Nisi. Plantaciones de naranjos, viñas, pueblos tranquilos y playas escondidas se suceden a lo largo de esta isla tan especial.

Anafi, la vecina tranquila de Santorini

Anafi está muy cerca de Santorini, pero en otra realidad. Mientras su vecina recibe cruceros, colas para ver el atardecer y hoteles con precios que cortan la respiración, esta pequeña isla del Egeo conserva un aire sencillo, tranquilo y asequible.

La isla es pequeña, rocosa y perfecta para quienes buscan desconexión de verdad. Su Chora (como le llaman a centro de la ciudad), blanca y tranquila, se asoma al paisaje con ese encanto griego que tanto enamora, mientras las playas invitan a pasar el día sin más obligación que encontrar sombra, darse un baño y decidir en qué taberna terminar la tarde. Anafi también es una buena opción para quienes disfrutan caminando. Sus rutas permiten descubrir una isla más salvaje, con vistas abiertas al mar, caminos tranquilos y rincones donde todavía se puede escuchar el silencio, algo cada día más difícil en esta zona del Egeo.