Motivos por los que conocer la ciudad marroquí con el rascacielos más alto del país

En un viaje a Marruecos hay ciudades que siempre encabezan la lista. Tetuán porque está cerca, Marrakech por la fama de su zoco y sus riads, Ouzazate por su cercanía al desierto… pero ¿qué pasa con su capital? Debido al peso turístico de las otras ciudades, Rabat se quedó como ciudad de paso, pero sí hay motivos por los que quedarse y alargar la estancia.

Se trata de una ciudad moderna, pero que ha sabido mantener viva la tradición por lo que ese contraste ya la hace muy interesante. Además, con su objetivo de capitanear el desarrollo económico del país, Rabat siempre tiene algo nuevo que mostrar y con lo que destacar.

El último en llegar

Hace unas semanas, la ciudad de Rabat se vestía de fiesta para inaugurar el que es hoy el rascacielos más alto del país y el tercero de África. Un edificio de 250 metros, 55 plantas y un diseño inspirado en un cohete que ha cambiado el perfil de la ciudad y que cuenta con sello español ya que uno de los arquitectos que firma el proyecto es Rafael de La-Hoz Castanys.

Parte del edificio, que recibió el nombre de Torre Mohammed VI, está destinado a oficinas, pero también hay viviendas y un hotel. La torre en sí es visible desde cualquier parte de la ciudad, pero no es lo único que se inauguró el pasado mes de abril. A sus pies se encuentra un complejo de más de 100.000 metros cuadrados construidos, concebido como un nuevo centro de actividad económica, residencial y turística.

Grandes contrastes

Junto a Marrakech, Fez y Meknes, Rabat forma parte de las Ciudades Imperiales de Marruecos, lo que implica que aquí la historia tiene un gran peso. Puede que no tenga el laberinto más famoso ni el zoco más fotografiado, pero sí conserva un equilibrio propio entre capital administrativa, ciudad histórica y destino frente al Atlántico, lo que le dota de una personalidad única. Ese valor también lo reconoció la Unesco, que en 2012 incluyó Rabat en la lista de Patrimonio Mundial como “capital moderna y ciudad histórica”.

Una buena forma de comprobarlo es empezar por la Kasbah de los Oudayas, uno de los rincones más bonitos de la ciudad. Sus calles encaladas, sus puertas azules y sus vistas hacia la desembocadura del río Bouregreg son algunos de sus imprescindibles.

La Rabat monumental

Otro de los grandes símbolos de la capital es la Torre Hassan, el minarete inacabado de una mezquita que empezó a construirse en el siglo XII y que debía ser una de las más grandes del mundo musulmán. El proyecto nunca se terminó, pero el conjunto sigue siendo uno de los lugares más imponentes de Rabat. A su alrededor se conservan las columnas que ayudan a imaginar la ambición de aquella obra.

Justo enfrente se encuentra el Mausoleo de Mohammed V, uno de esos edificios en los que merece la pena entrar sin prisas. Mármol, madera tallada, mosaicos y una gran cúpula verde componen uno de los espacios más cuidados, solemnes y simbólicos de la ciudad.

La medina y el Atlántico

Después de los grandes monumentos, toca cambiar de estilo y la medina es el lugar perfecto para tomarle el pulso a la ciudad. Calles estrechas de foto, tiendas con producto artesano, locales típicos y todo lo que se espera de una ciudad marroquí, pero sin la gran cantidad de turistas de otros puntos similares.

La ventaja de Rabat es poder mostrar sus encantos a pie de mar. El paseo hacia la zona del río Bouregreg, las vistas a Salé y la cercanía de la costa ayudan a que la visita sea más variada. En un mismo día se puede pasar de una kasbah histórica a una torre de 250 metros, de una medina tradicional a una fachada marítima en plena transformación.