Palazzo Boyl, el hotel en el que compartir desayuno con una condesa es posible

La capital de la isla de Cerdeña es un libro abierto lleno de sabor, un museo al aire libre en el que se superponen las huellas de todos los que un día la conquistaron (o lo intentaron). Cartagineses, romanos, bizantinos, aragoneses… y una larga lista que hoy se refleja en los muchos monumentos de los que la ciudad puede presumir. Entre ellos, un anfiteatro romano que sigue resistiendo al paso del tiempo junto a la necrópolis púnica más grande del Mediterráneo, también es imprescindible visitar su catedral, un edificio del siglo XIII que guarda una de las criptas más bonitas que podrás visitar.

El patrimonio de Cagliari es inmenso, tanto que mantener tanta iglesia y tanto palazzo es algo para lo que se requieren recursos ilimitados o soluciones que den una nueva vida a esos edificios que amenazan con derrumbarse. De ahí que más de un edificio histórico se haya convertido en hotel, tal y como ocurrió con el Palazzo Boyl, uno de los palacios más bellos de la ciudad. Tal es su magnetismo que la propietaria, la actual condesa Tomassini Barbarroja de las Marcas, se negó a abandonar su palacio en el centro de la ciudad y hoy comparte desayuno y ascensor con los huéspedes de esta maravilla de hotel.

Origen valenciano

Fue Carlo Pilo Boyl, marqués de Putifigari, descendiente de Filippo Pilo Boyl, valenciano que en el siglo XIV ayudó a los aragoneses a derrotar a los pisanos y a tomar la fortaleza de la ciudad, quien mandó construir este palacio. Por la fidelidad mostrada por su familia, los Boyl recibieron tierras en el norte de la isla y un título nobiliario. Pero en el siglo XIX las grandes familias comenzaron a construir segundas residencias en la capital para poder hacer algo de vida social. Así, en 1840 se comenzó a construir el que es hoy uno de los hoteles más lujosos y elegantes de la isla.

Un edificio que cuenta su historia

Uno de los elementos que más llama la atención del Palazzo Boyl es su fachada. De estilo neoclásico, sigue el patrón típico de los edificios del siglo XIX. Destacan las cuatro estatuas que representan las cuatro estaciones, pero, si te fijas un poco más, es posible encontrar tres balas de cañones. Unas heridas de guerra que cuentan parte de la historia de la isla.

El primero de esos cañonazos fue de los ingleses. Unos años más tarde llegó el de los españoles, quienes gobernaron la isla durante cuatro siglos. La perdieron en 1717, pero intentaron conquistarla de nuevo. El problema es que ellos mismos habían construido una ciudad fortificada tan perfecta que no pudieron acceder a ella. La última bala data de 1793 y le llegó de parte de los franceses y con ella decapitaron la parte alta de la torre del León (de origen medieval) que hoy se ha reconstruido y forma parte del edificio.

Interior a la altura

Uno de los primeros tesoros que deja ver el hotel es la cisterna romana. La misma que un día se utilizó para recolectar agua y que hoy está visible junto a la cafetería. Cada rincón del palacio refleja una armonía de arte e historia, gracias a una reforma integral que ha respetado muchos detalles antiguos y los ha incorporado a las nuevas dependencias, logrando así estancias con un gran valor histórico y estético.

Cada una de sus habitaciones es diferente al resto, aunque todas siguen un mismo estilo. Sus nombres se corresponden a las antiguas dependencias, por lo que te puedes alojar en la cocina, la biblioteca o la torre, la habitación más espectacular de todo el hotel. Espaciosas, con vistas al puerto y detalles propias de un palazzo italiano, cada una de ellas parece sacada de una revista de diseño en la que nada desentona y todo anima al confort y el relax. Tanto es así, que la condesa, a sus 84 años, sigue negándose a la idea de marcharse del edificio que durante tanto tiempo ha pertenecido a su familia y que hoy vuelve a estar lleno de vida, glamour y elegancia, justo lo que una condesa necesita.

La buena mesa

No solo a dormir se puede ir al Palazzo Boyl. En la segunda planta se encuentra el restaurante Gli Uffici. Un espacio igualmente elegante en el que degustar platos tradicionales sardos con un toque actual acompañados de una exquisita carta de vinos.