La escapada de fin de semana que combina playa, historia y gastronomía de lujo sin salir de Cantabria
Aunque las vacaciones ya hayan quedado atrás, antes de guardar la maleta hay tiempo para organizar una escapada corta, de esas que te resetean en tiempo récord y siempre sientan de maravilla. Poco tiempo, pero con una lista de planes bien concentrada y variada el tiempo parece cundir el doble. Por eso es importante elegir bien el sitio y tener un objetivo claro, en este caso podría ser: disfrutar, tanto de un paseo junto al mar, como de una ruta entre arquitectura de época que derrocha belleza o de una buena mesa repleta de productos de primera y sabor local.
Se podría decir que cualquier pueblo de Cantabria, ya sea en la montaña o junto a la costa, podría ser una buena opción, pero si hablamos de arquitectura y arte el círculo se cierra en torno a Comillas, uno de los grandes tesoros de la región.
Un sueño que se hizo realidad
Hasta el siglo XIX, Comillas era un pueblo marinero más de la costa cántabra. Pero el sueño de Antonio López y López lo cambió todo. Muy joven puso rumbo a Cuba con la idea de labrarse un futuro y años más tarde no solo regresó con una fortuna bajo el brazo, también con el título de primer Marqués de Comillas.
Gracias a este título consiguió que el rey Alfonso XII accediese a visitar la villa lo que ayudó a que Comillas despuntase como destino «de baños», una moda que ya había calado entre la aristocracia de la época. Para recibir al rey y a su corte se instalaron 30 farolillos eléctricos que supusieron la primera muestra en España del invento de Thomas A. Edison.
Y esta no fue la última vez que Comillas brilló a lo grande. El Marqués estaba decidido a transformar su pueblo y para ello contó con destacados arquitectos catalanes como Joan Martorell, Antoni Gaudí y Lluís Domènech i Montaner, quienes en ese momento eran referentes en la arquitectura modernista y neogótica.
Aunque el marqués nunca llegó a ver terminada su obra, el palacio de Sobrellano siempre recordará a esta figura. Diseñado por Joan Martorell y finalizado en 1888, es un edificio de estilo neogótico que destaca por su suntuosidad y por albergar mobiliario diseñado por Antoni Gaudí. Fue, además, el primer edificio en contar con luz eléctrica en España.
No es el único
En esta ruta por la Comillas modernista también destaca la Capilla-Panteón construida cerca del palacio. Obra también de Joan Martorell de marcado carácter neogótico, con esculturas funerarias de gran valor o el monumento al Marqués de Comillas, obra diseñada por Lluís Domènech i Montaner en homenaje a Antonio López y López.
Joan Martorell también firmó uno de los edificios más impresionantes de Cantabria, la Universidad Pontificia. Fue encargado por el marqués como seminario para los jóvenes necesitados de la zona, pero un siglo después quedó abandonado hasta que lo compró el gobierno cántabro y lo restauró.
Y para terminar esta ruta por todo lo alto… el Capricho de Gaudí. Un chalé de veraneo proyectado por Antoni Gaudí en 1883 para Máximo Díaz de Quijano, cuñado de la familia del marqués. Un edificio sorprendente y diferente a todo lo que se había visto en la época gracias a sus formas y colores, así como el uso de cerámica vidriada en forma de girasoles.
Un poco de relax
Después de tanta arquitectura e historia toca recordar que Comillas también mira al Cantábrico. Su playa, situada junto al casco urbano, permite cambiar palacios y edificios modernistas por unas horas de arena y mar.
Es un arenal amplio, cómodo y perfecto para darse un baño, pasear por la orilla o simplemente sentarse un rato frente al agua antes de continuar exprimiendo el día. Además, su cercanía al puerto y al paseo marítimo ayudan a que sea fácil disfrutar de un descanso sin romper con el ritmo.
Aquí se viene también a comer
En Cantabria, el buen producto se nota enseguida. Una anchoa recién servida poco tiene que ver con esa lata olvidada al fondo de la nevera, y desayunar con un sobao casero consigue que el día empiece con otra perspectiva. Si además el cielo amanece gris, algo que tampoco sería extraño por estas latitudes, siempre queda el «consuelo» de sentarse ante un buen cocido montañés. Y es que pocos lugares es tan fácil acertar con la comida como en Cantabria.