La localidad de la Costa Brava que ofrece calas, ruinas griegas y uno de los paseos más bonitos del Mediterráneo
No hay vacaciones ni escapada en las que no termine apareciendo el clásico «¿y hoy qué hacemos?». Porque una cosa es elegir destino, reservar hotel, decidir cómo llegar y hacer la maleta, y otra bastante distinta organizar cada jornada para que dé tiempo a disfrutar, ver algo nuevo y descansar.
Por suerte, hay lugares donde el plan prácticamente se hace solo. En este rincón de la Costa Brava basta con combinar tres paradas muy diferentes para tener el día resuelto: una cala con sorpresa, una visita con más de dos mil años de historia y un paseo junto al Mediterráneo que termina en uno de los pueblos más bonitos de la zona. Estamos (o soñamos) en L’Escala.
L’Escala, en el Alto Ampurdán, es uno de los destinos más buscados de esta parte de la Costa Brava y no le faltan argumentos. Tiene una amplia oferta de alojamientos, playas muy diferentes entre sí, buenos restaurantes y suficientes planes como para llenar varios días sin necesidad de recorrer grandes distancias. Pero hay uno que convierte cualquier día en uno más especial en tres paradas:
Primera parada: una playa muy especial
La playa del Portitxol es una de esas pequeñas joyas que hacen que merezca la pena el viaje. Recogida, de aguas tranquilas y rodeada de pinos, tiene además un elemento que la hace especialmente fotogénica: el arco de piedra que se abre junto al mar y que se ha convertido en una de sus imágenes más reconocibles y fotografiadas. Imposible resistirse a sacar la cámara y disparar desde todos los ángulos.
Haya baño o no, lo que no puede faltar es subir hasta el mirador que se encuentra sobre la playa. Es un corto paseo, pero las vistas van cambiando y enamorando a cada paso. Un comienzo de día difícil de mejorar.
Segunda parada: un baño de historia
A pocos pasos de la playa espera un cambio de escenario radical. Las ruinas de Empúries permiten recorrer los restos de una antigua ciudad griega y otra romana con vistas al Mediterráneo, algo que convierte la visita en una de las más singulares de la Costa Brava.
El yacimiento conserva calles, mosaicos, viviendas, templos y parte del antiguo foro, además de piezas que ayudan a imaginar cómo era la vida en este enclave hace más de dos mil años. Una vida que de por sí imaginamos estupenda solo por la ubicación.
Tercera parada: paseo hasta Sant Martí d’Empúries
Tras la visita a las ruinas, un agradable paseo avanza entre pinos y mar hasta Sant Martí d’Empúries, un pequeño núcleo histórico que conserva calles de piedra, casas con encanto, una preciosa iglesia junto al mar y una plaza a la que es difícil resistirse y no sentarse a tomar algo.
El recorrido es sencillo y muy agradecido, con el mar apareciendo continuamente entre la vegetación. Al atardecer, el ambiente se transforma y la vista es todavía más especial. Un final de jornada por todo lo alto en un día para no olvidar.