No todo es París: la ciudad de calles medievales, puentes históricos y laberintos fascinantes
Francia cuenta con verdaderas joyas más allá de las ciudades de siempre. Porque volver a París, Lyon o Burdeos siempre es un gran plan, pero si en tu próxima escapada fuera de España te apetece descubrir un destino con encanto y poco frecuentado por los turistas, te proponemos hacer un alto en Limoges, una ciudad llena de sorpresas que posiblemente te suene por su porcelana y por ser la cuna del pintor impresionista Renoir. Explorando sus encantadoras calles empedradas descubrirás que esta ciudad gala no solo es perfecta para recargar las pilas, además es una de las más económicas del país vecino, con lo que si te sales de las rutas más trilladas también tu bolsillo te lo agradecerá.
Una ciudad, dos centros históricos
Sus preciosos barrios peatonales hacen de Limoges una de las mejores ciudades de Francia para pasear. Para empezar debes saber que la ciudad, aunque es pequeña, cuenta con dos centros históricos: la Ciudad Alta (antiguo emplazamiento del castillo de los vizcondes) y la antigua Ciudad Episcopal o Cité, que rodea la catedral de San Esteban.
Un paseo por Limoges
Empezamos a descubrir Limoges por la ciudad Alta, con un rico patrimonio de históricas casas de entramado de madera que se remontan a la Edad Media. Es en esta zona donde también se encuentra la abadía de Saint-Martial, y a un paso, las Halles centrales, un mercado cubierto de finales del siglo XIX y de estilo Eiffel, que es uno de los mejores ejemplo de la arquitectura del hierro, con preciosos azulejos de porcelana decorando el exterior. Por supuesto, dentro podrás degustar delicias gastronómicas de la región, como la ternera de Limousin con setas, el paté de patatas o la morcilla de castañas (el boudin aux châtaignes).
También muy cerca de la Ciudad Alta, el Barrio de la Boucherie (de los carniceros) que es el corazón medieval de Limoges y está lleno de sorpresas. De calles estrechas y preciosas casas de entramado de madera, no solo no hay que perdérselo por ser el lugar más bonito de la ciudad, también porque aquí se encuentra una pequeña joya del siglo XV: la capilla de Saint-Aurélien.
Son tantos los lugares bonitos en esta ciudad que es difícil elegir, pero para nosotros uno de los que más nos ha llamado la atención es la Plaza del Temple, un coqueto y pequeño rincón peatonal de mansiones de granito y entramado de madera, con galerías porticadas y una elegante escalera renacentista. Es, además, un lugar muy tranquilo para hacer un alto en alguna de sus terrazas.
Un fascinante laberinto subterráneo
La ciudad también despliega sus sorpresas bajo el suelo del barrio medieval surcado por pasadizos subterráneos que discurren bajo sus calles empedradas, con algunos tramos abiertos al público. Por ejemplo, uno de los que se pueden visitar está bajo la plaza de la República, donde se encuentra una cripta del siglo IX, que es el único vestigio intacto que se mantiene de la antigua abadía.
La Catedral de Limoges
Sobre el barrio de la Cité se alza la imponentae Saint-Étienne, que es la principal iglesia de la ciudad y uno de los pocos grandes monumentos góticos al sur del Loira. Construida en granito, comenzó a levantarse a finales del siglo XIII y se terminó a finales del XIX. De ella destaca el portal gótico de Saint Jean, así como sus vidrieras, las pinturas medievales y el retablo renacentista que se encuentran en el interior.
Si buscas buenas vistas
Dentro del patrimonio monumental de Limoges no podemos pasar por alto sus puentes, los más importantes: el Puente Saint-Étienne y el Puente Saint-Martial, dos joyas medievales que cruzan el río Vienne. Por su proximidad al casco antiguo, ofrecen unas magníficas panorámicas de la ciudad.
La estación de tren Benedictine
Unos dicen que es la más bonita de Europa, otros que pocas hay en el mundo que llamen más la atención, el caso es que aunque no vayas a coger el tren, no deberías irte de Limoges sin pasar por esta estación que cuenta con una cúpula de cobre flanqueada por un campanario que se eleva a 61 metros sobre el suelo. Y además tiene una curiosidad: los relojes van adelantados un par de minutos para que los viajeros más despistados no pierdan el tren.
El lago de Saint-Pardoux
Y si quieres resetear las pilas alejándote del ambiente urbano, a tiro de piedra de Limoges (a 30 minutos) se encuentra este lago de aguas tranquilas que es perfecto para disfrutar de una jornada de senderismo o actividades acuáticas en un entorno al aire libre de lo más relajante y tranquilo.