Casas colgadas que no son de Cuenca, txakolí que no es vasco y un título que no tiene ni Madrid
Hay ciudades que enamoran a primera vista, sobre todo si hablamos de aquellas cuya silueta la preside un castillo y está rodeada de un magnífico entorno natural. Así, Frías, gana al visitante ya desde lejos (tiene castillo en la parte alta y está ubicada en plenos Montes Obarenes, a orillas del Ebro) y suma más puntos cuando se conoce un poco su historia y se pasea entre sus calles.
Se le conoce por ser la ciudad más pequeña de España, algo que sorprende al ver su tamaño. Y es que, en la Edad Media, el titulo de ciudad poco tenía que ver con los habitantes que tenía en su censo, sino con la importancia administrativa y jurídica. Frías recibió este título en 1435, de manos de Juan II de Castilla. Así, esta pequeña localidad burgalesa sigue presumiendo de ser una ciudad, mientras que lo que hoy consideramos grandes ciudades, como puede ser Madrid, se quedó con el de villa, es decir, contaba con menos privilegios concedidos por el rey que Frías.
Subir al castillo
Conocer el centro histórico de Frías es fácil, solo hay que subir. Cualquiera de sus calles termina en los restos del castrillo de los Velasco. De su interior hoy se conserva poco, pero sí es posible subir a lo alto de su torre para admirar las vistas. En la parte alta también se encuentra la iglesia de San Vicente Mártir, cuya sucesión de reformas nos deja un amplio catálogo de estilos.
Desde la parte alta es fácil apreciar la silueta de la ciudad y el recorrido que seguían sus murallas. Pero la cara norte no cuenta con esa construcción de defensa, ya que se aprovechó el desnivel para construir casas. Estrechas y apiñadas, hoy forman un bello conjunto que desafía a la gravedad y se alzan varios metros desde la parte más baja. Estas son las Casas Colgadas de Frías y, al igual que las de Cuenca, sorprenden por su altura y su estado de conservación, convirtiéndose en uno de los puntos más fotografiados de la ciudad.
Antiguas tradiciones
Con tantos siglos a sus espaldas, Frías tiene mucha historia que contar y muchas tradiciones de las que hablar. Algunas siguen muy presentes, otras se perdieron por el camino y, unas pocas, luchan por sobrevivir y hacerse el hueco que se merecen. Este es el caso de la elaboración del chacolí o txakolí. Un vino blanco (generalmente) de baja graduación alcohólica (10,5º), ligeramente ácido y con intensos aromas a cítricos, hierbas y flores cuya denominación de origen está centrada en el País Vasco. Pero el que hoy forma parte de la identidad de una región vecina, realmente nació en esta localidad, o así lo defienden los fredenses.
Su producción cayó drásticamente en los años 60 (al igual que su población), pero hoy son muchos los bodegueros que se suman a iniciativas locales para recuperar el cultivo y la comercialización del chacolí burgalés.
Más sorpresas
Si las Casas Colgadas, los restos de su castillo, las fachadas con entramado de madera y sus calles medievales son ya suficientes para visitar Frías una y otra vez, su entorno logra que cualquier duda se olvide y alargar la estancia sea casi obligatorio.
Al norte de la localidad sorprende el puente medieval fortificado que cruza el Ebro. Con 143 metros de largo y una alta torre que históricamente sirvió para el control de paso y el cobro del impuesto, es uno de los monumentos más destacados de la ciudad.
En dirección contraria se llega a la pequeña Tobera, donde en muy pocos metros se puede visitar una de las cascadas más bonitas de la zona y la ermita de Santa María de la Hoz. Un agradable paseo en el que la belleza de la naturaleza realza todavía más el rico patrimonio de la zona.