Cinco lugares para descubrir por qué la cerveza belga es Patrimonio de la Humanidad
Pocas cosas sientan mejor que una cerveza bien fría en un lugar bonito y con buena compañía. Un plan perfecto que en Flandes sube de nivel y lo convierte en algo todavía más especial. En parte por la belleza de sus ciudades, pero también por la propia cerveza, que aquí es mucho más que lúpulo fermentado. Es historia, tradición e identidad local.
En Bélgica existen más de 3.000 cervezas únicas, cada una con su carácter, su estilo y su historia. Algunas nacieron al calor de antiguas abadías, otras se sirven en locales históricos y muchas están tan ligadas a una ciudad que forman parte de su propia historia.
Y estos son solo algunos motivos por los que la UNESCO reconoció en 2016 la cultura cervecera belga como Patrimonio Cultural Inmaterial. Ahora, que se cumplen diez años de ese reconocimiento, es el momento perfecto para escaparse a Flandes y sentir en primera persona el sentimiento de los belgas por esta bebida con siglos de historia.
Por si no sabes por dónde empezar, estas cinco paradas son ideales para beber, conocer la tradición y disfrutar de algunos de los lugares más bonitos de Flandes. Cinco paradas en las que brindar por estos diez años y querer volver otras diez veces.
1. Bruselas, la gran puerta de entrada
La capital belga no solo es el lugar al que te lleva el avión, también uno de los mejores lugares para iniciarse en el arte cervecero. Aquí no hay que preocuparse por si pides una cerveza en neerlandés, flamenco o francés, el objetivo es diferenciar las lambic, las geuze, las kriek, las trapenses, las de abadía, las blancas, las tostadas, las afrutadas o las de fermentación espontánea…
La capital cuenta, por suerte, con muchos lugares donde hacer una cata, visitar una cervecería o sumergirse de lleno en esta cultura. El gran punto de partida es Belgian Beer World, instalado en el edificio de la antigua Bolsa, una experiencia interactiva que recorre la historia, los estilos y los rituales de la cerveza belga.
2. Amberes y su fábrica veterana
No solo de diamantes vive esta ciudad situada al norte de Bruselas. En este viaje, la parada es la fábrica De Koninck, la más antigua de la zona y hoy todo un símbolo local gracias a su famosa bolleke, una cerveza ámbar que recibe ese nombre por la copa redondeada en la que se sirve. Porque sí, aquí no solo hay que aprender muchos nombres de cerveza, también cada tipo tiene su vaso propio.
La visita a la fábrica es interactiva y ayuda a entender el proceso desde la malta hasta la copa: los ingredientes, la fermentación, los aromas, el papel del vaso y ese cuidado por el detalle que explica por qué en Bélgica la cerveza tiene tanto peso.
3. Westmalle, el mundo trapense
Una parte importante de la fama cervecera belga nació al calor de los monasterios. Durante siglos, muchas abadías elaboraron cerveza tanto para consumo propio como para acoger a peregrinos y viajeros, y de esa tradición procede una de las palabras más respetadas de este universo: trapense.
Para que una cerveza pueda llamarse así no basta con tener aspecto antiguo ni llevar un monje en la etiqueta. Debe elaborarse dentro de una abadía trapense o en su entorno inmediato, bajo supervisión de la comunidad monástica, y sus beneficios deben destinarse al mantenimiento del monasterio y a fines sociales. En total, solo siete cervezas pueden venderse como trapenses.
Cerca de Amberes se encuentra una de las grandes referencias: la abadía de Westmalle. El monasterio y la cervecería no se visitan de forma habitual, pero justo enfrente está el Café Trappisten, el mejor lugar para probar sus cervezas sin romper ese equilibrio entre tradición, discreción y respeto por la vida monástica.
4. Lovaina, la ciudad donde nació Stella Artois
Lovaina tiene un hueco asegurado en cualquier ruta cervecera por Flandes porque aquí nació Stella Artois, una de las cervezas belgas más famosas del mundo. Su nombre ha viajado muchísimo más que la propia ciudad, pero probarla en su lugar de origen tiene bastante más gracia que pedirla sin más en cualquier barra.
Además, Lovaina no vive solo de una gran marca. Su ambiente universitario se nota en sus calles, en sus terrazas y, sobre todo, en la Oude Markt, una plaza rodeada de bares y restaurantes que presume de ser «el bar más largo de Europa». Un lugar con muchísimo ambiente y una gran belleza gracias a su colección de fachadas estrechas con tejados a dos aguas que terminan en forma de escalera o trapgevel.
Entre cerveza y cerveza es casi obligatorio pasar por la plaza de su ayuntamiento y detenerse un buen rato para apreciar los detalles de esta joya del gótico brabantino del siglo XV, repleta de estatuas de personajes históricos.
5. Brujas, cerveza entre canales
Brujas es una de las visitas obligatorias en cualquier viaje a Flandes. Entre sus encantos destacan sus canales y sus plazas, pero, además, también tiene su propio capítulo cervecero. La parada clave es De Halve Maan, una cervecería familiar situada en pleno centro histórico donde se elaboran algunas de las cervezas más conocidas de la ciudad.
Lo más curioso es que aquí la cerveza no solo se sirve, también viaja bajo tierra. La fábrica cuenta con una tubería subterránea que conecta la cervecería con la planta de embotellado, una solución bastante original para evitar el trasiego de camiones por el casco antiguo. Y es que el mundo de la cerveza en Flandes siempre tiene una sorpresa preparada.