Génova, qué ver y hacer en la ciudad en la que inventó el pesto
El verdadero pesto se prepara en mortero, con albahaca genovesa DOP, piñones, ajo, queso parmesano y pecorino, aceite de oliva y sal. La pasta típica para acompañarlo son las trofie, cortas y retorcidas. Una idea que parece simple, pero que en Génova adquiere la categoría de maravilla. Tal es su perfección que esta receta lleva siglos reproduciéndose y enamorando a los paladares más exigentes.
Pero Génova no vive solo del pesto. La focaccia (no confundir con pizza) es otro de sus puntos fuertes. Algo que también parece simple, pero que aquí sabe especial desde el desayuno hasta el picoteo a cualquier hora. Y aunque el pesto sea su embajador más famoso, la mesa genovesa va mucho más allá.
En las trattorias del centro histórico es fácil encontrar pansoti rellenos de hierbas y ricotta bañados en salsa de nueces, suaves y ligeramente dulces; el contundente cappon magro, una vistosa composición de pescado, marisco y verduras que nació como plato festivo; o la cima alla genovese, ternera rellena que se sirve en lonchas finas y resume la tradición de la ciudad. Para terminar, el pandolce, denso y aromático, recuerda el pasado marinero de Génova, cuando los barcos partían cargados de este dulce pensado para durar semanas en alta mar.
Toca pasear
Ahora que la tripa ha empezado a crujir y que tus papilas gustativas no paran de salivar, es su patrimonio y oferta cultural lo que te va a terminar de enamorar y lo que va a lograr que te pongas a buscar billetes para volar a esta ciudad del norte de Italia.
El casco antiguo de Génova es uno de los más grandes de Europa. Sus caruggi (callejones estrechos que serpentean entre fachadas altas) obligan a caminar sin rumbo fijo y olvidarte de ir mirando Google para entender el recorrido. Entre ropa tendida y pequeñas tiendas tradicionales aparecen iglesias escondidas y plazas inesperadas que siempre son una agradable sorpresa.
Los imprescindibles de Génova
La Catedral de San Lorenzo, con su fachada de mármol blanco y negro, resume bien el carácter genovés: elegante, pero sobrio. Este es uno de los muchos monumentos que hay que visitar junto a sus formidables palacios.
Durante el Renacimiento, las grandes familias mercantes construyeron palacios fastuosos para alojar a visitantes ilustres. Hoy varios pueden visitarse en la Via Garibaldi como los Palazzi dei Rolli. Techos pintados, escaleras monumentales y patios interiores recuerdan la riqueza de aquella república marítima que hoy sigue desprendiendo ese aire elegante con el que un día impresionaban a sus visitantes.
El Porto Antico, reformado por Renzo Piano, conecta pasado y modernidad. Desde aquí parten barcos turísticos y se encuentra uno de los acuarios más grandes de Europa. Incluso si no se entra, pasear junto al agua ayuda a entender que Génova siempre vivió mirando al mar y porque es bueno volver a hacerlo de vez en cuando.