El pueblo de Tarragona donde nació la leyenda de Sant Jordi: un paraíso medieval amurallado
El 23 de abril se celebra en toda Cataluña el Día de Sant Jordi, una de las fechas más especiales en la comunidad autónoma que transforma por completo todos los rincones de la región, sobre todo la propia ciudad de Barcelona. Además, al coincidir con el Día Internacional del Libro, este día se vive de una manera sumamente apasionada en territorio catalán, aunque muchos no saben que su origen está en un pueblo de Tarragona.
Esta fiesta, que también se celebra en Aragón, en la que es habitual regalar una rosa y un libro, tiene su origen en una leyenda de la Edad Media que tiene como escenario principal la preciosa localidad de Montblanc, una de las más bonitas de toda la provincia tarraconense. A pesar de que es uno de los destinos de turismo rural más célebres de la zona, pocos saben que un día tan icónico como es el de Sant Jordi ‘nació’ en ella.
La leyenda de Sant Jordi en el pueblo de Montblanc
Según cuenta la leyenda, en la época medieval un dragón aterrorizaba a los habitantes de Montblanc, que tomaron una drástica decisión: dar como sacrificio a un vecino cada día. Un día, en el sorteo diario, la desafortunada víctima fue la hija del rey, pero antes de que fuera engullida por las fauces de la bestia, un caballero (Sant Jordi) apareció para salvarla y dar muerte a la criatura, clavándola su lanza.
De la sangre que brotó del dragón, como se recoge en la web del Ayuntamiento de Barcelona, surgió un rosal con rosas rojas, y Sant Jordi arrancó una y se la regaló a la princesa. Desde entonces, regalar esa flor el día 23 de abril se ha convertido en todo un símbolo catalán, y todo se remonta a esta legendaria historia con el pueblo de Montblanc como lugar de nacimiento de esta extraordinaria celebración.
Qué ver en Montblanc
Montblanc conserva impertérrito ese encanto medieval que tan excepcional hace a esta localidad de la comarca de la Cuenca de Barberá. Nada más entrar al pueblo, los visitantes ya se topan con la primera joya del municipio, el Pont Vell, un puente de piedra del siglo XII sobre el río Francolí, el cual hay que cruzar antes de atravesar la imponente muralla del siglo XIV que rodea la villa a largo de 1,5 kilómetros y que cuenta con hasta una treintena de torres de defensa todavía en pie.
Perdiéndose por sus preciosas callejuelas también se pueden encontrar otros tesoros que dejan boquiabiertos a quienes los descubren, como la impresionante Iglesia de Santa María la Major, que data del siglo XIV y es uno de los grandes exponentes del gótico y el barroco en la zona, el Convento de Sant Francesc, que también es de la misma época y uno de los más antiguos de Cataluña, sin olvidarse de los santuarios y ermitas que hay repartidos por sus alrededores.