Una ruta por Emilia Romaña para celebrar el 80º aniversario de la UNESCO

Bolonia está situada entre Venecia y Florencia, dos de las grandes potencias italianas en cuanto a número de turistas se refiere. Aun así, la capital de Emilia-Romaña no duda en sacar pecho y presumir de todo lo que tiene que ofrecer, junto a otras ciudades cercanas igual de apetecibles.

Una región que sabe a Parmigiano Reggiano, prosciutto di Parma, aceto balsámico de Módena, mortadela, ragù alla bolognese, lasañas… Una sucesión de platos tradicionales con la que se hace la boca agua. Pero hay más. Además de por su mesa, a Emilia-Romaña se la conoce como Motor Valley, ya que aquí están las fábricas de «supercoches» y motos de marcas tan reconocidas como Ferrari, Lamborghini, Maserati o Ducati.

Si a eso le sumamos que concentra varios lugares Patrimonio de la Humanidad, se convierte en el escenario perfecto para celebrar el 80º aniversario de la UNESCO con una ruta que une arte, historia y naturaleza. Al fin y al cabo, pocas regiones representan tan bien todo lo que la UNESCO defiende y promueve. Por eso, esta ruta, que pone el foco en el patrimonio, es perfecta para conocer una de las zonas más auténticas de Italia.

Bolonia, primera parada

La capital pone el toque más urbano y universitario a la ruta. Sus famosos pórticos, más de 60 kilómetros reconocidos como Patrimonio de la Humanidad (unos 40 dentro del casco histórico), permiten recorrer la ciudad a cubierto, haga el tiempo que haga. Bajo ellos se encadenan tiendas de barrio, cafés históricos, librerías, pequeños talleres y estudiantes que van y vienen de la universidad más antigua del mundo occidental.

La Plaza Mayor, la basílica de San Petronio, las torres inclinadas de los Asinelli y la Garisenda, los antiguos palacios… todo parece conectado por esas galerías que convierten la calle en una especie de salón alargado. Si hay tiempo, merece la pena seguir el pórtico más largo de todos, el que sube en una larguísima sucesión de arcos hasta el santuario de San Luca, en lo alto de una colina con vistas sobre la ciudad y la llanura.

Ferrara y el delta del Po

Parada imprescindible es Ferrara, la ciudad en la que la familia Este decidió ensayar cómo debía ser una ciudad moderna en pleno Renacimiento. Sus calles rectilíneas, sus palacios de ladrillo y las murallas convertidas hoy en un larguísimo paseo arbolado cuentan mejor que cualquier libro qué significó aquella época de esplendor. El castillo Estense, rodeado de un profundo foso, parece sacado de un tablero de ajedrez y sigue marcando el centro de la vida diaria.

La UNESCO no solo reconoce el patrimonio de la ciudad, también se extiende hasta el delta del Po. Basta con alejarse un poco para cambiar fachadas renacentistas por canales, lagunas, marismas y pueblos encantadores antes de llegar al Adriático.

Rávena

A un paso del Adriático, esta pequeña ciudad reúne ocho monumentos paleocristianos declarados Patrimonio Mundial por la UNESCO por sus espectaculares mosaicos bizantinos de los siglos V y VI, que narran su historia como capital del Imperio Romano de Occidente, el Reino Ostrogodo y el Imperio Bizantino; entre los más destacados están la Basílica de San Vital, el Mausoleo de Gala Placidia y el Baptisterio Neónico.

Módena

La siguiente parada es Módena, que muchas veces suena por el vinagre balsámico antes que por su patrimonio. Sin embargo, la catedral, la torre Ghirlandina y la Piazza Grande forman uno de los conjuntos románicos más interesantes de Europa. La catedral, obra del arquitecto Lanfranco y del escultor Wiligelmo, impresiona por la claridad de sus formas y por los relieves que decoran fachada e interior. A su lado, la Ghirlandina se alza como un faro de piedra visible desde casi cualquier punto del centro. Todo se abre a la Piazza Grande, plaza mayor de manual donde se mezclan mercado, terrazas y vida diaria.

Un poco de naturaleza

Para cerrar el viaje, toca cambiar por completo de registro y mirar hacia la naturaleza. En los Apeninos del Norte, Emilia-Romaña comparte con otras regiones italianas un paisaje muy especial de rocas evaporíticas modeladas por el agua durante millones de años. El resultado: sistemas kársticos, dolinas, simas y cuevas espectaculares que la UNESCO ha reconocido como ejemplo único de este tipo de formación.