Cinco pueblos encantadores para reconciliarse con el invierno

Ya lo dicen los noruegos, que no hay mal clima sino mala ropa. Y es que con los accesorios adecuados incluso el día más gris puede llenarse de planes y color. Un sendero por el que perderse, un plato de cuchara para entrar en calor y una chimenea que con su crujir ponga la banda sonora a tus tardes es todo lo que necesitas para enamorarte del invierno, y todo lo encuentras en cada uno de estos pueblos.

Hecho (Huesca)

Muy cerca de Navarra, el Pirineo empieza a perder altura, pero no encanto. Las cumbres blancas nos recuerdan que estamos en alta montaña y las casas de piedra con sus chimeneas siempre encendidas aportan ese toque cálido que tanto se busca los días de frío. De hecho, aquí hay que fijarse y mucho en las chimeneas, ya que no solo tienen una forma particular, también una larga leyenda detrás.

Las chimeneas troncocónicas se alzan en la mayoría de los tejados del valle y cuentan, en la parte superior, con algunas piezas colocadas de una forma particular. Esas piezas reciben el nombre de espantabrujas, y es que esa era su misión, cerrar la única parte de la casa que queda abierta y por la que podrían colarse las brujas que sobrevolaban los tejados.

Y esta no es la única leyenda que te podrán contar en la zona. Solo tienes que perderte entre sus senderos para encontrar lugares especiales con mucha historia. Muy recomendable es siempre la Selva de Oza.

Covarrubias (Burgos)

Burgos es conocido por su frío, pero también por la belleza de sus pueblos y su excelente gastronomía. Un buen ejemplo es Covarrubias, considerado uno de los pueblos más bonitos de nuestro país. Este conjunto histórico, con casas de entramado de madera y soportales en los que esconderse del frío sorprende por su cuidada Plaza Mayor, el torreón de Fernán González o la colegiata, en donde está enterrada una princesa noruega. Demostrando que Covarrubias, de frío saben desde hace siglos.

Abrigarse para dar un paseo junto al río y terminar degustando un buen lechazo con vino de Arlanza es un plan por el que querrás que el invierno dure más.

Rascafría (Madrid)

A una hora de la capital, esta pequeña localidad es el mejor rincón de la sierra para descansar del bullicio de la ciudad y conectar con la naturaleza, incluso en los días de invierno. En pleno valle del Lozoya, Rascafría presume de tener algunos de los senderos más bonitos y más accesibles, demostrando así que no es necesario una forma física excelente para poder perderse entre bosques y ríos.

Un paseo hasta el monasterio de El Paular, cruzando el puente del Perdón, es casi obligatorio. Después se puede seguir por los senderos sencillos que bordean el río o simplemente disfrutar del paisaje desde el propio casco urbano. La estampa se completa con chimeneas encendidas, restaurantes de comida casera y ese ambiente de pueblo de montaña en el que nadie tiene prisa y el frío es una excusa perfecta para alargar la sobremesa.

Potes (Cantabria)

Potes es la puerta de entrada a los Picos de Europa por el lado cántabro y, en invierno, uno de esos lugares donde apetece quedarse varios días. Sus callejuelas empedradas, puentes sobre el río Deva, casonas de piedra y torres medievales crean un escenario que el frío y la niebla hacen aún más acogedor. Aquí el invierno se combate a golpe de cuchara de cocido y de las excursiones uno se recupera con quesos de la tierra, sin importar el tiempo que haga fuera.

Puebla de Sanabria (Zamora)

Es fácil adorar Puebla de Sanabria en cualquier época, pero en invierno juega con ventaja. Su casco histórico amurallado, coronado por el castillo de los Condes de Benavente, parece aún más medieval cuando el cielo está gris y el frío aprieta. Las calles empedradas, los balcones de madera y los tejados de pizarra completan una estampa que pide abrigo, gorro, bufanda y una parada para degustar sus dulces más típicos junto a un chocolate caliente. El entorno pone la guinda. A pocos kilómetros, el lago de Sanabria y su parque natural recuerdan que estás en un paisaje de origen glaciar, donde la nieve y las heladas son parte del calendario.

En cualquiera de estos pueblos, el invierno deja de ser un enemigo y se convierte en el mejor aliado para disfrutar de chimeneas, paseos tranquilos y mesas bien servidas. Al final, reconciliarse con el frío es, muchas veces, cuestión de elegir bien el destino.