El riesgo para la salud al que se exponen los pasajeros de aviones según un nuevo estudio

Millones de personas tanto en España como en todo el globo terráqueo sufren de aerofobia, es decir, miedo a volar. En la gran mayoría de ocasiones, se les dice que el avión es el modo de transporte más seguro, y a pesar de que en el ratio de accidentes es totalmente verídico, lo cierto es que coger un vuelo también puede ser perjudicial para la salud, tal y como han descubierto unos científicos de una universidad de París.

Unos investigadores franceses han llevado a cabo un estudio sobre las partículas ultrafinas que hay en los aviones, y los resultados que han arrojado el análisis ha sido bastante concluyente: existe un riesgo invisible para la salud cada vez que se sube a un avión. La investigación ha contado con expertos de la Université Paris Cité y se centra en esas motas no visibles para el ojo humano y que habitualmente no se detectan, por lo que no son monotorizadas por las leyes de polución del aire.

El estudio sobre partículas ultrafinas de los aviones

El objetivo de esta investigación era conocer los niveles de concentración de partículas ultrafinas que respiran los pasajeros que se suben a un avión. Para ello, los científicos parisinos construyeron una especie de caja de herramientas que se metió en varios vuelos que despegaron desde el Aeropuerto Charles de Gaulle de París; en concreto, se dejaron en los asientos vacíos de la parte delantera de la aeronave o en la zona de servicio en la que las azafatas preparan la comida y la bebida.

En el análisis, se descubrió que mientras los pasajeros embarcaban en el avión o mientras la aeronave estaba rodando por la pista, los niveles de estas partículas eran extremadamente altos, más del doble del estándar que la Organización Mundial de la Salud (OMS) considera como alto. Esta concentración disminuía a medida que se cogía altura o se volaba a velocidad de crucero, pero volvían a aumentar cuando se acercaba la hora del aterrizaje, sobre todo por la alta concentración de rutas áreas y por el hecho de volar paralelamente a la pista, a favor del viento.

Estas partículas ultrafinas, que se asemejan ligeramente al carbón negro o a las partículas de hollín, también estaban muy presentes cuando el avión estaba ya en el aeropuerto. Este estudio llega cuatro años después de que la OMS, junto al Consejo de Salud de Países Bajos, avisase de la creciente evidencia de que estas motas podrían ser muy dañinas para la salud, jugando un papel fundamental en problemas cardíacos, inflamación y cáncer pulmonar, presión sanguínea e incluso en el crecimiento del feto.

Asimismo, este estudio también descubrió que las partículas no solo afectan a las personas que transitan o trabajan en el aeropuerto, sino también a los vecindarios que se encuentran cerca de él: los niveles a cinco kilómetros del Aeropuerto de Charles de Gaulle de la capital gala son similares a las de las carreteras más transitadas, mientras que las que hay en el Aeropuerto de Heathrow en Londres se extienden hasta el centro de la metrópoli, lo que hace que millones de personas las inhalen.