No todo es playa en la isla más deliciosa del Mediterráneo y esta es la mejor época para conocerla

Con el bañador guardado y el moreno olvidado, la lista de destinos se reduce considerablemente por la falsa creencia de que, si restamos el momento playa, el resultado queda poco apetecible y sin gracia. Pero hay destinos que, aunque están muy unidos al verano, fuera de temporada también tienen mucho que ofrecer. ¿Un ejemplo? Cerdeña.

Esta isla italiana, con una temperatura media en diciembre que roza los 15 grados, vive ahora una segunda juventud. Con un turismo más relajado y un ambiente más auténtico, Cerdeña presume ahora de otros muchos encantos con la gastronomía a la cabeza.

Para dentro

Para entender y valorar la riqueza gastronómica sarda hay que aprender de su historia y su geografía. Al igual que pasó con otras islas mediterráneas, por aquí pasaron diferentes civilizaciones y pueblos con la idea de invadirla, pero, como si de un Astérix sardo se tratase, el pueblo de Cerdeña no lo puso fácil. De hecho, el perfil genético de la población nativa de la isla de Cerdeña es notable por haber permanecido genéticamente aislado y poco modificado desde la antigüedad. Para evitar invasiones y tener que mezclarse, crearon sus ciudades en el interior (más fáciles de defender) y de ahí que en su gastronomía destaquen más productos de tierra que de mar.

A la cabeza el queso. ¿Sabías que el pecorino romano se produce en Cerdeña? Aunque el área marcada por la DOP también incluye el Lacio y las provincias toscanas de Grosseto y Siena, en la actualidad, el 90 % de la producción es sarda. Y este no es el único queso propio de la región. En cualquier viaje a esta isla mediterránea también hay que probar Fiore Sardo, un poco más picante.

Además del queso y la pasta (que le une íntimamente a Italia, aunque ellos tienen sus tipos propios como la fregula, unas pequeñas bolitas) aquí presumen de cocinar como nadie el cochinillo (largas cocciones que tradicionalmente se hacían bajo tierra).

Tradiciones vivas

Si hay que elegir un pueblo de interior en el que sea palpable la pasión con la que los sardos siguen manteniendo vivas sus tradiciones ese es Bosa. Fácil de reconocer por sus casas de vivos colores que ascienden la colina o las de tonos tierra y rojos que bordean el río Temo, aquí se produce uno de los vinos más valorados de la región y de toda Italia, Malvasia di Bosa DOC.

Bosa también es famosa por su joyería y el uso de la filigrana. Un trabajo que sigue siendo manual, delicado y precioso, pequeñas obras de arte que te obligarán a quedarte admirando los escaparates de las joyerías.

El pozo de Santa Cristina

El interior de la isla es un enjambre de caminos que se pierden entre bosques (el Monte Arci es uno de los más especiales) y entre los que, cuando menos te lo esperas, destaca un yacimiento arqueológico del que todavía queda mucho por investigar o restos de la civilización nurágica, una de las más antiguas de Europa. De aquellos sardos anteriores a los romanos data el Pozo de Santa Cristina, uno de los elementos más fascinantes de la isla tanto por su historia como por su significado.

Cada equinoccio el sol ilumina la escalera de acceso hasta llegar al agua, pero más curioso es lo que ocurre cada 18 años y seis meses, cuando la luna alcanza su máxima altura en el cielo y su luz entra directa por el agujero hacia el agua.